Una crisis es crisis de valores. Brigitte Champetier de Ribes

Una crisis es crisis de valores.

La moral, la fidelidad a nuestros valores y principios son siempre un movimiento hacia la muerte, un ir hacia menos, porque nos alejan de los que no lo comparten y sobretodo porque nos hacen sentir mejor que ellos, con lo que les despreciamos y en el fondo estamos deseando que desaparezcan – “todo sería mucho más fácil si… si todos fueran como yo”. Nuestros valores matan el amor en nosotros. Son armas mortíferas. Y son puro vínculo al pasado, impiden el cambio, la creatividad o la adaptación al presente.

Los valores son grandes lealtades al pasado, gracias a ellos la vida ha podido repetirse de generación en generación, igual a sí misma. Cada vez que hacemos algo bien, solemos repetirlo y nos vamos forjando justificaciones, principios y normas para que nos siga funcionando igual de bien, olvidando que la base del éxito anterior fue la perfecta adecuación nuestra al Presente y sus necesidades.

Cuando nuestros valores y hábitos nos llevan al borde de la muerte, estalla la crisis como única solución de supervivencia, obligándonos a ver estas fidelidades para soltarlas.

Nacemos fusionados con la moral familiar. Esta última dirige todas las emociones y actos del niño sin que tenga la menor libertad o posibilidad de darse cuenta.

Al crecer, empezamos a adherir conscientemente a una de las morales familiares, constituyéndonos una escala consciente de valores. Al crecer más todavía, sólo algunos consiguen abandonar estos valores, abriéndose al presente, a la creatividad y a todos los seres como son, cada uno con su peculiaridad, ni mejor ni peor.

Los valores, tanto explícitos como implícitos, mal que nos pese, nacen a consecuencia de un mito familiar o social creado por un ancestro con poder, necesitado de ocultar un daño. Ese ancestro es un perpetrador con cara de santo que con su poder impuso y transmitió una declaración que le protegía (los vagos son despreciables, p. ej. para eludir su responsabilidad en la muerte de unos trabajadores a los que no quiso pagar lo debido) declaración que las generaciones siguientes van a seguir ciegamente por respeto al ancestro tan “merecedor”.

Y cuanto más fiel estamos a un principio, más atados estamos a ese pasado, a ese perpetrador con cara de santo, más inadaptados para el presente.

Nacemos en el mar de los valores y todo crecimiento significa salir de este baño paralizante.

Entonces, llega un momento en que nos damos cuenta del desfase entre lo que hubo y lo que hay, nos sentimos insatisfechos, vemos que la vida nos llama, que los proyectos, los anhelos y el cambio se vislumbran y deseamos con todas nuestras fuerzas que el cambio, nuestro futuro, se inserte en nuestro hoy.

La fuerza de este deseo felizmente va a provocar la crisis: me doy cuenta de que el cambio no viene hacia mí, sino de que tengo que ir hacia él. Los valores son inamovibles, anclados en el pasado, no se pueden mover y tendremos que ir solos al cambio, despojados de las creencias y valores que hemos ido acumulando en nuestra última etapa. El cambio no es compatible con los valores. Nos toca elegir y soltar. O los valores o el cambio.

Ese es el papel de toda crisis, provocar el darnos cuenta del desfase de nuestros valores y hábitos.

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