Las Emociones. Brigitte Champetier de Ribes

Las Emociones. Brigitte Champetier de Ribes

Fuente: Brigitte Champetier de Ribes. Constelar la enfermedad desde las comprensiones de Hellinger y Hamer. Madrid 2011. Gaia  Ediciones (páginas 47-51)

Las emociones son señales internas que nos permiten adaptarnos al entorno cada vez que algo cambia. Por ejemplo, un amiguito del colegio ha venido a jugar conmigo y, no sé por qué casualidad, acaba de romper mi juguete favorito. Mis sentidos mandan la información a mi corazón, que la envía al tronco cerebral y allí desencadena una reacción química y hormonal: mi sangre hierve, la adrenalina sube y, sin pensarlo, le doy una buena torta, Él me mira descolocado y me dice “lo siento”, tendré algún sollozo y seguimos tan amigos, ambos un poco más prudentes. Pero si soy tan bien educada que mi tronco cerebral desvía la señal hacia otra reacción, acumulo la señal original no respondida en mi hígado. Ahogo la señal interna de ira y de dolor, me río o bien voy a quejarme a mi mamá, o bien me la guardo impasible. Nos hemos transformado en amigos traicioneros; yo me vengaré a corto o largo plazo, con él o con otros. Él internamente ya no me respeta, se había saltado el límite y yo no reaccioné, por lo que podrá seguir abusando de mí.

Vemos que en la primera reacción la emoción de ira ha puesto coto a la agresión, la emoción subyacente de dolor se puede expresar, todo ha durado menos de un minuto y ambas personas han crecido y su relación ha mejorado. Esta ira y este dolor son emociones primarias, totalmente adaptadas a la situación, ya que, precisamente, permiten reaccionar en el momento a algo que surge inesperadamente en el campo.

Sólo las emociones primarias son saludables. No sólo eso, sino que nos hacen crecer. Son un canto a la vida. Son creativas. Son fuertes. Contribuyen a la mejora de la vida y del ser humano.

Por el contrario en este ejemplo, la risa, la queja o la impasibilidad no resuelven nada, para ninguno de los presentes por separado ni para su relación. Son emociones secundarias cuya característica principal es la manipulación y el no actuar. La “víctima” no asume la emoción propia, aquí de ira y de dolor. Las emociones que no han sido expresadas se acumulan en los órganos que corresponden, modificando su química, restándoles energía hasta acabar en una somatización, síntoma o enfermedad.

 

Brigitte Salón

La emoción primigenia es el amor, unido a la alegría, y su corolario el dolor y la tristeza cuando el amor es herido. Toda la información de nuestro entorno se registra en primer lugar en nuestro corazón. Si el dolor no se puede expresar, porque urge ponerse a salvo de un abuso o un peligro, entonces la emoción primaria que se vivirá será el miedo o la ira. Duran justo el tiempo necesario para actuar y permitir expresar el dolor a continuación. Inmediatamente después el amor y la alegría vuelven, la persona se encuentra relajada y disponible para otra cosa. Se reconocen estas emociones primarias por ser eficaces, breves y crear empatía.

Una emoción secundaria es cualquier emoción no motivada por la situación presente. Por ejemplo, sonreír en lugar de estar triste, enfadarse en vez de llorar, agredir para evitar sentirse culpable, llorar en vez de enfadarse, etc. son emociones que duran mucho, incluso se transforman en rasgo de carácter. Crean malestar tanto en la persona como en los que la rodean. Empeoran la situación de la persona con su entorno ya que en ellas hay rechazo de actuar para adaptarse. Son un rechazo vivo y permanente de la realidad como es. Y nuestro cuerpo se hace testigo de ello para ayudarnos a salir de esa no−vida. Los investigadores han podido registrar hasta cuatro mil emociones diferentes. En cuanto son negadas, cada una se manifestará en una localización corporal definida.

Las emociones adoptadas
A veces puede ocurrir que vivamos emociones primarias o secundarias sin relación con la realidad: desesperación aún cuando nos va bien, ira injustificada, culpa constante e irracional, etc. Son emociones que sólo cobran sentido a través de una constelación, en la que aparece la vivencia y la emoción de un antepasado al que imitamos desde nuestra fidelidad inconsciente y ciega. Son emociones “adoptadas” por intrincación con un ancestro que necesita ser reconocido y amado por alguien.

Por nuestra herencia genética tenemos una vinculación especial con unos cuantos antepasados. No hay más que observar a quiénes nos parecemos, física o moralmente. Sin embargo, éstos a los que nos podemos parecer son la punta de un iceberg emergente de la noche de los tiempos.

La vida entera de estos antepasados anida en la nuestra. Cuando los aspectos positivos de sus vidas han compensado los aspectos negativos (de miedo, crueldad, manipulación, etc.), los aspectos positivos (léase emociones primarias, creatividad, fuerza, generosidad, lucidez, humildad, etc.) se han convertido de un modo anónimo, ya sin identidad, en patrimonio del sistema familiar y son a la vez nuestra señal de identidad.

Cuando los aspectos negativos de un antepasado superan a los positivos, cuando la persona muere bajo el shock de un asesinato, cuando vive atenazada por el temor o la vergüenza, al morir, esta persona sigue presente. Lo que no pudo asumir o superar en vida, lo tiene que vivir un descendiente por ella. En la muerte ya no puede hacer nada más, es demasiado tarde. El fallecido sigue presente con toda su vivencia, su identidad y su amor bloqueado; sus cuerpos sutiles no pueden armonizarse para permitirle morir hasta que un descendiente compense con sus actos lo que ocurrió.

Loa campos mórficos que constituyen los sistemas familiares están al servicio de la vida. Están ordenados por dos movimientos de amor de espíritu: la memoria ordenada inherente, que permite que todo lo que existió una vez exista para siempre y sea transmitido para siempre de los primeros llegados a todos los posteriores, y el movimiento de compensación, también inherente a los campos.

Este movimiento de compensación sigue la ley de la energía que rige todo el universo. Toda partícula está junto a su antipartícula, la energía se produce cada vez que una fase “positiva” es equilibrada por una fase “negativa”.

Cuando alguien se opone a la primera ley queriendo eliminar alguien o algo de su vida, choca frontalmente con el amor del espíritu, que quiere a todos por igual. Esta exclusión va a buscar ser compensada a través de la vida de un ser más joven que imitará al excluidor o al excluido, como una nueva oportunidad para que compense con su vida lo que hizo el ancestro. La vida de uno nunca es individual.

Por tanto, llevaré las emociones de los antepasados con quienes estoy especialmente vinculada, para reincluirlas, aceptándolas y compensando con mi amor adulto el amor ciego del antepasado.

En cuanto tenga un conflicto parecido al del ancestro, puedo estar con la misma incapacidad que él para resolverlo. No me permitiré vivir las emociones primarias liberadoras. Si me aferro a mi ceguera y a mi estrés, entonces me conduciré igual que él y la enfermedad vendrá a buscarme para forzarme a salir de esa actitud. Todo a mi alrededor se volverá señal de lo que tengo que soltar para liberar mi vida y al antepasado. Y al hacerlo empezaré a encontrar la plenitud y la felicidad.

SEMINARIO LA ENFERMEDAD DESDE HELLINGER Y HAMER CON LAS NUEVAS CONSTELACIONES CUÁNTICAS

SANTA FE – ARGENTINA

1º Y 2 DE JUNIO

INFORMES:

MARIELA SOLANO

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